viernes, 11 de octubre de 2013

¿Son los niños de ahora emocionalmente más inteligentes ?


En pro a responder a esta pregunta he intentado dar profundidad a la respuesta conociendo un poco las investigaciones que realizó R.J. Flynn, se trataba de un estudio de carácter longitudinal que abarcaba una extensa población infantil perteneciente a 14 países desarrollados, y que publicó en una prestigiosa revista científica de psicología, en 1987, en la que afirmó la siguiente noticia (que por supuesto hizo sentir orgullos a padres y docentes) : “en los niños actuales ha incrementado el CI (inteligencia psicométrica) una desviación típica (unos 15 puntos de media) respecto a generaciones anteriores”.

 

Este fenómeno, tomo el nombre de efecto “Flynn” y ha continuado constatándose en los últimos 20 años. No obstante, de forma paralela ha surgido otro fenómeno que sería factible denominar, sarcásticamente, por su connotación poco consistente, efecto “flan” y que haría referencia a esos otros muchos estudios en los que se pone de manifiesto que la presente generación de niños está más confusa emocionalmente que la anterior, más sola y deprimida, más enojada y sin reglas, más nerviosa y preocupada, más impulsiva y agresiva. La hiperactividad infantil alcanza niveles desproporcionados (es rara el aula en la que no coinciden dos o más niños con este tipo de problema). En definitiva, podemos concluir que mientras la inteligencia psicométrica avanza, en términos generales, la Inteligencia Emocional también, en términos generales, decrece. Tal afirmación bien merece un análisis casuístico, no siendo difícil intuir algunas de las razones que explican ambos fenómenos.

 

El aumento de la inteligencia psicométrica se debe con probabilidad a factores como las mejores condiciones de vida (actualmente, existen menos enfermedades infantiles, y las padecidas dejan menor huella, y la alimentación es mejor que hace décadas, no hay escasez); la enseñanza es obligatoria y ha aumentado el nivel de edad para dejar la escuela también en las últimas décadas; los padres muestran mayor preocupación que antaño por el rendimiento académico de sus hijos; existe más información y de más fácil acceso (basta con encender el televisor para estar informados) y, por último, los juegos disponibles facilitan las destrezas intelectuales medidas a través de las pruebas de CI.

 

No obstante, algunas de estas circunstancias pueden incidir negativamente en el escaso desarrollo de la Inteligencia Emocional. Según los informes aportados por estadísticas recientes, el tiempo que los padres dedican a sus hijos ha decrecido, además, el tiempo compartido se emplea en ver la televisión y ayudar con los deberes. Los niños pasan el 51% más de tiempo viendo la televisión que con sus padres y el 11% más que con sus madres. Otro gran protagonista en la vida de los niños son los juegos individuales (videojuegos), que le restan oportunidades de interacción con los iguales y fomentan actitudes competitivas y violentas, actitudes que, igualmente, aparecen de forma destacada en numerosos programas de televisión elaborados, en principio, para el público infantil.


Ciertamente, los niños disponen de mucha información a través de las numerosas “ventanas” que, desde su propia casa, pueden abrir: Internet, televisión, vídeos..., pero esta información es, en muchas ocasiones, contradictoria, el héroe agresivo de una película mata o amedrenta a sus enemigos y así se gana el respeto de sus compañeros, seguidamente, en otra temática, nos presentan a una víctima de maltrato, intentando captar la sensibilidad del menor. Los mensajes publicitarios también están cargados de contradicciones, nos anuncian un postre fantástico y seguidamente el lugar donde ir a hacerse un liposucción. Ejemplos habría para llenar páginas, pero basta una reflexión sobre lo que cotidianamente vemos y/u oímos para darnos cuenta que, si a los adultos nos cuesta manejar de forma coherente toda esta información, los esquemas mentales, más primarios, de los niños apenas pueden digerirla.

 

Toda esta información cargada de inconsistencias que les llega de forma externa, aunque estén en casa, hay que sumar la ambigüedad de las normas que frecuentemente existen en los hogares. Hace décadas el sistema de valores que los padres empleaban en la educación de sus hijos era más purista: “esto está permitido y esto no”, “esto está bien y aquello mal”. Actualmente, la mayoría de los padres nos debatimos ante lo que podemos permitir o no a nuestros hijos, reñimos cuando nos importunan, les dejamos solos frente al televisor, y después nos sentimos culpables y les regalamos el último capricho requerido, sin que ellos sepan el porqué. Unas veces consentimos y otras no, dependiendo de nuestros quehaceres y el estado de ánimo, a lo que hay que añadir la falta de coherencia que los menores encuentran entre las figuras de autoridad, a lo que “papá” dice que sí, “mamá” dice no, la abuela también si, al igual que la cuidadora y el maestro dice no (o viceversa y en diferentes combinaciones).

 

Los padres critican frecuentemente las pautas educativas llevadas a cabo en el ámbito escolar, y ante el desconcierto, es probable que el niño aprenda a ser astuto, basándose en algunas estrategias adoptadas desde modelos televisivos, para salirse con la suya, pero, en ningún caso, tales circunstancias favorecen la Inteligencia Emocional, sino la confusión, las conductas impulsivas y la agresividad.

1 comentario:

Josep Belana dijo...

Nos deberíamos de preguntar, si en la actualidad en “sistema” es el correcto… Los padres de ahora han vivido diferentes nuevas etapas de nuestro proceso de la vida, por lo que la “evolución” es relativa… el cerebro se está modificando con grandes cambios de estimulación social, educativa, familiar y mucho más.
Es esta una consecuencia de la “evolución” o deberíamos reflexionar sobre diferentes valores perdidos… es posible que en las circunstancias sociales actuales todo sea muy relativo.
La Psicología debe “evolucionar” para hacer frente a los nuevos retos que vienen.

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